A.R.I.C.O MEMORIA ARAGONESA

Asociación por la Recuperación e Investigación Contra el Olvido

Una historia más

Escrito por: ARICO MEMORIA ARAGONESA en 16/11/2009

Una historia más

Constantino Felipe Gascón

(Vicesecretario de UGT en Torrijo de la Cañada)

Escrito por Anaís Cid /  miércoles, 28 de noviembre de 2007

Era una tarde calurosa del mes de agosto cuando el joven Aureliano no pudo más que correr para tratar de evitar lo inevitable.

Estaba en la plaza Mayor cuando el grupo de guardias civiles llegaron preguntando por él, buscándole con los ojos y el corazón ávidos de sangre en unos casos, llenos de miedo y resignación en otros. Por eso cuando oyó su nombre no pudo más que correr para tratar de avisarle y evitar lo que no se podía evitar.

Corrió Aureliano como nunca antes lo había hecho, todo lo que sus cortas piernas nunca le habían permitido, saltando zanjas y salvando obstáculos que, si se hubiera parado a pensarlo, a él mismo le hubieran sorprendido. De esta manera consiguió llegar antes que la fúnebre comitiva hasta el lugar donde él trabajaba el campo. Casi sin resuello y con el cuerpo tembloroso le dio la funesta noticia.

Ante el asombro de Aureliano él no se inmutó. De su boca no salió ni un suspiro de dolor, ni un quejido tembloroso, ni una palabra de miedo. Ante el asombro de Aureliano se sentó en la primera roca que vio, tiró de la petaca y se puso a liar un cigarro para llevarlo a la boca, que ni por un momento había mostrado señal alguna de alarma ni angustia. Y encendiendo el cigarrillo le ofreció otro a Aureliano, que continuaba de pie mirándole y con el aliento aún por recuperar.

No tiene ningún sentido que corra, Aureliano. Me encontrarán, tarde o temprano me han de encontrar. Y si no me encuentran a mí encontrarán a mí padre, a mis hermanas, a mi familia… Siéntate, Aureliano, fuma conmigo mientras los esperamos. Y quédate con esto… yo ya no lo voy a necesitar.»

Aureliano cogió aquella petaca repujada sin mencionar una palabra. Fumó de aquel tabaco que el hombre al que sólo conocía de haberle ayudado alguna vez en el campo le ofrecía, del hombre que le ayudó un día a trasladar la carga de leña que llevaba para el invierno, del hombre al que le unía una vaga amistad basada simplemente en el respeto a un hombre mayor y trabajador que siempre estuvo dispuesto a echar una mano a cualquier vecino del pueblo.

Apenas le dio tiempo a apurar el cigarro cuando la guardia civil aparecía por la última curva de la carretera. Aureliano contempló la imagen que le hubo de acompañar durante el resto de su vida, en las noches oscuras, en las pesadillas más terribles que nunca antes había podido imaginar, en los días claros propios de cuidar el campo… Y aunque se le ofreció vendarle los ojos él prefirió mirar la muerte de frente. Cinco tiros y nada más. Ni una palabra. Ni por supuesto una explicación. Ni un grito.

El motivo de su muerte nunca lo tuvo muy claro Aureliano y poco importa ahora. Si aquí no se menciona es porque pudo ser el que fue, o pudo ser cualquier otro de los que condujeron por aquellos años a los hombres a matar a sus propios hermanos, vecinos y amigos.

Era una tarde calurosa del mes de agosto, unos cuantos años más tarde, cuando en el pueblo aparecía una mujer. Llegó hasta la plaza donde tantos años atrás Aureliano oyó la fatídica información que le llevaría a repetir todas las noches la misma imagen, el mismo sonido del cañón disparando, y preguntó por la familia del hombre que se había quedado esperando a la muerte fumándose un cigarrillo con su padre.

Cuando dio con la hermana de aquel hombre que había muerto sin apenas luchar para que ella misma pudiera estar ahora mirándola a los ojos, lloró de emoción. No porque le conociera. No porque conociera al hombre que había sido vilmente asesinado por cinco balas malditas. Sino porque estaba a punto de cumplir la última voluntad de su querido padre, un hombre de piernas cortas y un gran corazón.

Envuelta en una bolsa de tela, un talego de cuadros, le entregó la petaca repujada que su padre había guardado durante más de 60 años. La que en los últimos años había sujetado tantas veces entre sus manos buscando una explicación donde no la había, preguntándose tantas cosas mientras en su cabeza retumbaba una y otra vez el sonido del cañón disparando al hombre que había muerto mirando de cara a sus asesinos.

La anciana que miraba a la mujer con los ojos húmedos y temblorosos apenas alcanzó a darle las gracias. Recogió la petaca, testigo mudo de tanta violencia y dolor, y hasta hoy la guarda en su mesilla de noche, a la que de vez en cuando recurre para descargar el dolor y el agradecimiento por un hermano que murió sin apenas conocerle y al que le debe más de lo que puede imaginar. Y está ahí y recurre a ella porque aún hoy no puede ir a llorar a ningún lugar, a una tumba, a una placa que le recuerde que su hermano murió. Todavía no ha podido despedir a aquel que murió apenas un mes después de estallar una guerra que nunca llegó a entender.

Aquel objeto inanimado guarda hoy el dolor y la impotencia de tres personas distintas, unidas por una tarde calurosa de agosto, en la que la lógica y la razón abandonaron aquel pueblo a merced de unos hombres ávidos de sangre en unos casos, llenos de miedo y resignación en otros.

El título original de esta historia es Historia de una petaca, pero se ha cambiado porque sencillamente es una historia más de las que se pueden contar de aquella época.

Este relato está basado en hechos reales y está dedicado a Constantino Felipe Gascón, su protagonista, y al hombre que corrió más que el destino pero que no logró vencerlo.

A la mujer que cerró una triste historia tantos años después de que empezara.

A todas aquellas personas, hombres y mujeres, que murieron por culpa de la guerra, pero especialmente a aquellos que siguen olvidados en fosas comunes, cunetas y barrancos.

Pero sobre todo, se la dedico a todos aquellos que siguen diciendo que la Ley de la Memoria Histórica no tiene sentido y que no se debe volver al pasado. Y se la dedico sencillamente por no mandarlos a tomar por culo.

img195UNA HISTORIA MAS

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.