A.R.I.C.O MEMORIA ARAGONESA

Asociación por la Recuperación e Investigación Contra el Olvido

«Siempre he tenido la sospecha de que mi hijo no ha muerto»

Escrito por: ARICO MEMORIA ARAGONESA en 01/04/2011

BEBÉS ROBADOS

«SIEMPRE HE TENIDO LA SOSPECHA DE QUE MI HIJO NO HA MUERTO»

UNA MADRE GUIPUZCOANA CREE QUE LE ROBARON A SU BEBÉ A LAS POCAS HORAS DE NACER

AITOR ANUNCIBAY – VIERNES, 1 DE ABRIL DE 2011

HONDARRIBIA. La hora del alumbramiento es errónea, el sexo del bebé no coincide en los certificados de nacimiento y defunción y ha sido imposible constatar que los restos del pequeño se enterraron. La hondarribiarra Marcelina Vicente siempre ha pensado que ese niño se «lo habían robado» al poco de que viese la luz en Donostia. Su martilleante duda va a cumplir 35 años, tantos como los que hubiese celebrado su hijo el próximo mes de julio. «Toda mi vida voy mirando por la calle a personas esperando reconocer a mi hijo. Preguntándome: ¿dónde estará? ¿Dónde estará? Es una cosa que llevas dentro. Se me murió un hermano pensando que su sobrino no había muerto. Mi madre y mi suegra siempre pensando que este niño nos lo habían robado. Y me encuentro con que ninguno de los papeles dice la verdad», señala esta mujer.

El certificado médico afirma que Marcelina Vicente dio a luz el 3 de julio de 1976 a las 11.00 horas en la clínica San Ignacio de Donostia «un niño prematuro» (siete meses) de 1,7 kilos, enviado al Servicio de Prematuros de la Residencia Nuestra Señora de Aranzazu -actual Hospital Donostia-. Allí se comunicó al facultativo encargado de este impreso «su fallecimiento a las 24 horas del mismo día».

Este documento de hechos da pie posteriormente a una salpicadura de contradicciones burocráticas. El cuestionario de Declaración al Registro Civil de alumbramiento de criaturas abortivas, fechado al día siguiente, asegura que el nacimiento se produjo a las 24 horas. Además, tras su muerte, se detalla que se expidió licencia de inhumación en el cementerio donostiarra de Polloe. Sin embargo, en este camposanto «no consta información alguna» del enterramiento del hijo de Marcelina Vicente y Clemente Trueba. Finalmente, en el Registro Civil se acredita la defunción de «un feto hembra». «Siempre he tenido sospecha de que mi hijo no ha muerto», asevera esta mujer que a mediados de los 70 residía en Orio y en el momento del parto contaba con 32 años.

Lejos de difuminar los recuerdos, las más de tres décadas transcurridas desde aquellos hechos han cincelado los momentos vividos en los centros sanitarios posteriores al parto. «Acudí a la clínica San Ignacio; el niño venía prematuro. Lo tuve bien. Me dijeron que estaba bien, sano. Llamaron a una ambulancia para que les llevaran una incubadora y, parece ser que, no había vehículos para el traslado. Entonces, mi madre y una enfermera lo trasladaron a la residencia Sanitaria de Donostia. Mi madre se quedó allí hasta que al niño lo metieron en una incubadora. Le dijeron que estaba muy bien y ella se marchó», explica Marcelina.

Ese mismo día 3 de julio, su madre retorno por la tarde al centro sanitario donostiarra, donde «vio muy bien» al recién nacido. Su abuela paterna acudió, asimismo, a la residencia con la misma visión del nieto: «muy bien».

Alrededor de las 21.30 horas, Marcelina hizo una llamada de teléfono desde San Ignacio a la Residencia para conocer el estado del bebé, que ya había empezado a ingerir líquidos. «Me dijeron que estaba muy bien, que había empezado a ingerir líquidos. Me quedé muy contenta», rememora. Ya en la mañana del 4 de julio, hacia de las 9.00 horas, el panorama cambia de color. «La sorpresa llegó cuando el doctor entró en mi habitación con una enfermera y me preguntó si alguien iba a ver el niño. Le contesté que mi madre», manifiesta Marcelina. El médico fue claro: «Llámales para que no vayan que el niño ha muerto».

GOLPE Y a esta mujer se le vino el mundo encima. «Fue un golpe muy grande», afirma. El facultativo le preguntó si contaban con un seguro que cubriese los gastos de la defunción. «Le dije que sí y que iba a llamar. Pero me explicó que ellos lo hacían todo», rememora. Sin tiempo para digerir el disgusto, Marcelina abandonó la clínica San Ignacio a los pocos minutos. «Les dije que me diesen el alta, me contestaron que no, con lo cual no creo que firmase el acta voluntaria porque me marché», señala. Como un rayo, se presentó en la residencia. «Quería ver a mi niño aunque fuera muerto. Llegué y me dijeron que había salido para Polloe. Marché hacia allí y me comentaron que no tenían constancia de que iban a entrar ningún bebé. Volví otra vez a la residencia y me explicaron que el cadáver ya había salido. Volví a Polloe y no estaba», recalca Marcelina. Posteriormente, retornó a la residencia. «Allí me puse mal, me dieron mareos y mi madre me llevó a casa», destaca. A los pocos días del mazazo, esta mujer se pone en contacto con el seguro para cerciorarse de que tramitaron el entierro. «Me dijeron que no, que ellos no habían mandado ningún féretro ni habían pedido nada. Volví al cementerio y me dijeron que no estaba enterrado allí», evoca Marcelina.

Ahora, esta menuda mujer ha puesto su esperanza en la prueba de ADN que hoy por la tarde realizará en la residencia Txara I de Donostia junto a decenas de otras madres e hijos que creen que fueron víctimas de una trama de niños robados. Sus datos genéticos quedarán, así, registrados en una gran base informatizada, a la espera de que la vida se confirme como un cordón umbilical que nunca separó definitivamente a unos padres de sus hijos.

http://www.deia.com/2011/04/01/sociedad/euskadi/siempre-he-tenido-

la-sospecha-de-que-mi-hijo-no-ha-muerto

Marcelina Vicente pasea por los alrededores de su casa en Hondarribia. (Ainara García)

 

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